La libertad como columna de la masonería especulativa

La libertad como columna de la masonería especulativa

La libertad: esa señora esquiva que todos queremos abrazar

Una de las tres columnas sobre las cuales descansa la masonería especulativa es LA LIBERTAD. Y no, no es esa libertad de película con discursos heroicos y banderas ondeando al viento (aunque, seamos honestos, también tiene su encanto). Aquí hablamos de una libertad más profunda, esa que empieza y termina en uno mismo. Filosóficamente hablando, es la capacidad que tenemos los humanos de obrar según nuestra voluntad. O sea: ¡hacer lo que nos parezca! Pero, ojo, que eso viene con factura: la responsabilidad de nuestros actos. Nadie dijo que ser libre fuera fácil.

Responsabilidad, teleología y otros enredos

El estado de libertad no es simplemente no tener a alguien diciéndote qué hacer (aunque eso ayuda). Se trata de no estar esclavizado, ni limitado, ni coaccionado. Suena ideal, ¿no? Pero también implica que si metes la pata, es toda tuya. Si no aceptamos eso, la libertad se vuelve libertinaje. Y no es lo mismo, aunque suenen parecido. Solo cuando elegimos el bien con plena conciencia, estamos ejerciendo la libertad de forma teleológica. Ahí es donde la filosofía se pone poética.

Una palabra milenaria que vuelve a la madre

¿Sabías que la primera vez que alguien escribió «libertad» fue en sumerio? En cuneiforme, nada menos. Y lo más bonito: significa literalmente «volver a la madre». ¡Qué imagen tan poderosa! En español, viene de libertas; en inglés, freedom, que tiene una raíz que también significa «amor». Curiosamente, afraid (miedo) viene de la misma raíz. El lenguaje también es un juego de espejos.

Libertad «de» y libertad «para» (no es lo mismo, ya verás)

Algunos filósofos distinguen entre libertad negativa («de») y libertad positiva («para»). Es decir: no es lo mismo que nada te lo impida, a que realmente tengas las herramientas y condiciones para hacerlo. Por ejemplo, yo soy libre de correr un maratón, pero… eh, mi rodilla no opina igual. Entonces, ¿soy libre o no? Buena pregunta para el café de la tarde.

La autoconciencia moral: el espejo interno

LA LIBERTAD se vive desde adentro. No puedes dársela a otro ni te la pueden quitar por completo. Vive en la autoconciencia y en esa molesta pero necesaria moral interna. Es lo que nos define como seres humanos. Porque, en serio, ¿puede alguien decir que es humano si no desea profundamente ser libre? Dócil, tal vez. Pero humano… eso ya es otra cosa.

Entre valores, razones y el deseo de ser más

Cuando hablamos de libertad interior, hablamos de ser capaces de actuar desde la razón, desde nuestros propios valores y desde lo que consideramos verdadero y bueno. Es una especie de maestría interior, como cuando logras no gritar en el tráfico o no contestarle mal a alguien en plena discusión. (Admito que a veces no lo logro… ahí vamos.)

Cuerpo y alma: una pareja dispareja

Hasta aquí, todo muy lógico. Pero, si nos ponemos a mirar un poco más adentro (o más arriba, según como lo veas), la cosa cambia. Si aceptamos que somos cuerpo y alma, y que el alma es la que da vida al cuerpo… entonces, ¡ay madre! El alma está atrapada. Literalmente. El cuerpo es finito, limitado. El alma, infinita. ¿Te has sentido alguna vez así, como si algo dentro de ti quisiera más, pero estuviera encadenado? Pues eso.

El anhelo imposible (pero no del todo)

El hombre común, dice este texto (y yo también), es esclavo de sí mismo. Y por eso, la libertad es un sueño del alma. Un sueño que no se cumple aquí, en este plano, pero que… tal vez, solo tal vez, se alcanza al final. Y aquí viene lo importante: no se trata de buscar la libertad en sí, sino de prepararnos para ese momento de liberación. ¡Uf! Piel de gallina.

Algunos lo han logrado (dicen por ahí)

Hay quienes aseguran que algunos seres humanos han conseguido separarse del cuerpo, aunque sea un ratito. Relatos hay por montones. Gente de distintas culturas que coinciden en que es posible esa separación. Pero no se logra por accidente, sino con trabajo, disciplina, voluntad. Y mucha paciencia.

Prepararse para la libertad: el trabajo que nadie quiere hacer

Ese trabajo de voluntad que nos acerca a la libertad empieza aquí, en este mundo. Con ejercicios, prácticas, intención. No te diré cuáles (no es el objetivo de este texto), pero te lanzo el guiño: si quieres ser libre, empieza por prepararte. ¡Haz algo! Algo que te saque de tu zona de comodidad. Que te rete. Que te limpie.

La libertad también se mide en instantes

El tiempo… ¡ay, el tiempo! No es más que una suma de momentos. Y si podemos acumular momentos de libertad, aunque sean fugaces, tal vez podamos saborear lo que será la verdadera liberación. Pero más que cantidad, lo que cuenta es la armonía. La calidad del instante. La unión con el todo.

El cuerpo se mueve, el alma se asoma

La vida es movimiento. La libertad también. Tenemos movimientos voluntarios (como bailar, correr, abrazar) e involuntarios (como respirar o digerir). Si logramos, mediante la voluntad, influir sobre esos movimientos involuntarios… ¡pum! Se abre una puerta. Las culturas orientales lo saben. Por eso meditan.

Meditación, oración y otras formas de callar el ruido

Meditar aquieta. La oración, también. Repetir frases, enfocar la mente, calmar el cuerpo. Todo eso relaja a la loca de la casa (la mente) y nos permite, aunque sea por segundos, vislumbrar esa otra libertad.

Dominarnos para liberarnos (una paradoja deliciosa)

Sí, es curioso: dominarse para liberarse. Pero tiene sentido. Cuando eres tú quien decide y no tus impulsos, estás siendo libre. Porque el control ejercido desde la voluntad es, en esencia, libertad pura. Aunque a veces cueste. Aunque a veces fallemos. Pero cada intento cuenta. Y si llegaste hasta aquí leyendo, algo en ti también quiere liberarse, ¿verdad?

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