Nunca pensé que llegaría a buscar algo como esto, pero un día, entre lecturas y charlas con una amiga, me encontré preguntándome: ¿como ser mason mujer?.
Al principio sonaba a locura, a mito, a esas cosas que uno escucha en documentales o en historias de conspiraciones. La curiosidad me llevó a un nuevo viaje. Este mundo era diferente a lo que pensaba. Estaba lleno de humanidad y amistad.
También había un poco de misterio. Aún hoy, ese misterio me da escalofríos.
El día que crucé la puerta
Recuerdo perfectamente la primera vez que entré en una logia femenina. La puerta era discreta, casi anónima, como si quisiera proteger lo que guardaba dentro.
Yo iba nerviosa, con mil preguntas rondándome la cabeza: ¿qué me van a preguntar? ¿qué pasa si no encajo? ¿y si esto es más raro de lo que imagino?
Al cruzar, me encontré con mujeres sonrientes, cálidas, que me trataron como si me estuvieran esperando. Nada de miradas inquisitivas ni solemnidades frías. Solo personas auténticas que, como yo, buscaban conocerse mejor y crecer juntas. Fue un alivio sentir que no tenía que fingir nada, que podía llegar con mis dudas, mis imperfecciones y hasta con mis miedos.
Más que un secreto, una vivencia
La palabra “secreto” flotaba en el aire, claro. Y lo primero que pensé fue: ¿de qué se trata realmente? ¿De conspiraciones, de favores ocultos, de esas teorías locas de internet? Pero pronto entendí que no, que el secreto era más un lenguaje compartido, un código que hace que pertenecer tenga un sabor distinto.
Alguien mencionó el famoso apretón de manos masónico. Sí, también existe en la masonería femenina. ¿Cómo es? Pues eso no me lo dijeron (y aunque lo supiera, no lo contaría).
Lo que descubrí es que ese “misterio” no es para excluir. Es para mantener la chispa y el encanto. Es bonito sentir que estás dentro de algo especial.
Como ser mason mujer; los pasos que me guiaron
Después de esa primera toma de contacto, comenzó un proceso más formal, pero nunca frío. Me pidieron escribir una solicitud, luego vinieron entrevistas, que más que pruebas parecían conversaciones de esas que te hacen reflexionar sobre quién eres y qué buscas.
Me preguntaron sobre mis valores, mis creencias, mi forma de ver el mundo. Yo también aproveché para preguntar, porque quería estar segura de que no estaba entrando a ciegas. Me explicaron que para formar parte necesitaba:
- Ser mayor de edad.
- Tener estabilidad económica (sí, hay cuotas, como en cualquier asociación).
- Comprometerme con el estudio y los valores masónicos.
- Y, sobre todo, tiempo y disposición para compartir en comunidad.
La culminación fue la ceremonia de iniciación. No te contaré cada detalle. Hay cosas que solo se entienden al vivirlas. Pero puedo decirte que fue como abrir una puerta invisible en mi interior.
Me sentí parte de algo más grande. Era una cadena de mujeres que se han reunido por más de 100 años. Ellas comparten símbolos y ritos. Aunque son antiguos, todavía resuenan en nuestro presente.
Una red silenciosa pero poderosa
En España hay una Gran Logia Femenina. En el Reino Unido, están la Honorable Fraternidad de la Antigua Masonería y la Orden de Mujeres Francmasonas. Estas organizaciones tienen miles de miembros. La mayoría son mujeres mayores de 50, aunque poco a poco buscan a universitarias y jóvenes curiosas como yo lo fui.
Me conmovió descubrir que no intentan “controlar el mundo” ni hacer conspiraciones secretas. Lo que hacen es más valioso y menos ruidoso: crear redes de apoyo, un espacio donde sentirse comprendida y trabajar en el crecimiento personal. Y créeme, eso en un mundo tan acelerado es casi un acto de rebeldía.
Reflexión sobre Como ser mason mujer
A veces me preguntan por qué decidí dar este paso. La verdad es que ser masona no me cambió de inmediato. Pero sí me dio un lugar para mirarme con más honestidad.
También me permitió compartir este camino con otras personas. No es un club exclusivo ni un secreto inconfesable; es un viaje voluntario hacia la libertad y la coherencia.
Y me quedo con esta imagen, la de aquella primera vez, cruzando una puerta sencilla que escondía un universo enorme. Porque al final, ser masona es más una experiencia que una etiqueta, más un camino que una meta.
Ahora te lo pregunto a ti: si tuvieras la oportunidad de abrir esa puerta, ¿te atreverías a cruzarla?